En los arrecifes ...

En los arrecifes del coral  del Caribe vive un pececito conocido como el pez pesador. Tiene sólo dos o tres pulgadas de largo, es de un azul brillante, rápido y da gusto contemplarlo. Lo mas fascinante de es su beso. Es frecuente ver a dos de estos peces con los labios unidos y las aletas batiendo. Dan la apariencia de un serio romance submarino.
Uno pensaría que la especie seria el sueño de un aficionado a los acuarios. Parecen muy enérgicos, vivos, luminosos y cariñosos. Pero las apariencias engañan a veces. Porque lo que aparenta ser un amable amigo en el mar es en realidad un abusador en miniatura de las profundidades.
Ferozmente territorial, el pez besador ha reclamado su territorio y no quiere visitantes. Su pie cuadrado de coral es suyo y de nadie más. El lo encontró, lo delimito y no quiere cerca a ningún otro de su especie. Al que desafíe sus fronteras lo sujetará por la mandíbula con sus dientes. Lo que parecer ser un flirt es en realidad artes marciales submarinas. Empujones con la boca. Inmovilización de labio. Literalmente lucha de quijadas. El poder se mueve con la lengua.
Suena peculiar, ¿verdad?
Suena familiar, ¿cierto?
No necesitamos ir al Caribe para ver ese tipo de lucha por el poder. La manipulación de boca a boca no está limitada al Caribe.
Miren con detenimiento a la gente en su mundo (o a la persona de su espejo). Podría sorprenderle ver cuán turbias pueden volverse las cosas cuando la gente empieza a exigir salirse con la suya. El pez besador no es el primero en usar su boca para hacer valer una opinión.
En los primeros tiempos del Oeste las disputas se  resolvían con los puños; hoy en día utilizamos un instrumento más refinado: la lengua. Tal como lo hace el pez besador, disfrazamos nuestras peleas. Los llamados debates, desafiar el statu quo. En realidad no es otra cosa que defender testarudamente nuestro territorio.
Ahora veo por qué la gente poderosa a menudo usa gafas de sol: los reflectores los ciegan a la realidad. Sufren la ilusión de pensar que el poder significa algo. Tienen la idea falsa de que los títulos significan una diferencia. Tienen la impresión de que la autoridad terrenal les proporcionará una diferencia.
¿Qué si puedo probar lo que digo?
Conteste este cuestionario.
  Nombre a los diez hombre más ricos del mundo.
Nombre a los diez últimos ganadores del trofeo Heisman.
Nombre a las diez últimas personas que hayan ganado el premio Nobel.
¿Cómo le fue? Yo tampoco salí muy bien. Con la excepción de los cazadores de trivialidades, ninguno de nosotros recuerda muy bien los titulares de ayer.  Es sorprendente cuán rápidamente olvidamos, ¿verdad? Y que sorprendente recordamos lo trivial.
Y lo que acabo de nombrar no son premios de segunda clase. Estos son los mejores en su clase. Pero los aplausos mueren. Los premios se oxidan. Los logros se olvidan. Los certificados son enterrados junto con sus dueños.
Ahí tiene otro cuestionario. Mire a ver qué tal lo hace esta vez.
Piense en tres personas cuya compañía disfrute.
Nombre diez personas que le hayan ayudado en momentos difíciles.
Relacione unos pocos profesores que le hayan ayudado en el tránsito por la escuela.
Nombre media docena de héroes  cuyas historias le hayan inspirado.
¿Más fácil? Para mí también. ¿La lección? Las personas que significan una diferencia no son las que tienen las credenciales, sino las que se preocupan.
La tragedia del pez besador es que ve muy poco. Toda su guerra lo lleva al mismo punto de vista desde el mismo pedacito de coral. Si yo pudiese hablarle, si yo pudiera encontrarme un momento con la criatura poseída por una pasión de proteger lo que tiene y mantener a fuera todo lo nuevo… lo retaría a mirar a su alrededor.
Yo diría que necesito de alguien que me diga cuando mis opiniones están sonando territoriales: Descubre nuevas regiones. Se gana mucho cerrando la boca y abriendo los ojos…

Comentarios

Entradas populares